El dinero
El dinero Tendió entonces la mano, pues el ruso era su especialidad, siendo el único que lo traducía fácilmente, entre los traductores del barrio, que vivían del alemán y el inglés. La rareza de los documentos rusos en el mercado de París explicaba sus largos períodos de paro.
Levantando la voz, leyó la carta en francés. Se trataba, en pocas palabras, de la respuesta favorable de un banquero de Constantinopla, una simple afirmación sobre un negocio.
—Muy agradecido —exclamó Saccard, al parecer encantado.
Y rogó a Segismundo que escribiera las líneas de la traducción en el dorso de la carta. Pero éste fue presa de un acceso de tos, que trató de sofocar con su pañuelo, para no importunar a su hermano, que corría junto a él cuando le oía toser de aquel modo. Luego, pasada la crisis, se levantó para abrir la ventana de par en par, jadeando, pretendiendo respirar aire puro. Saccard, que le había seguido, echó fuera una mirada, dejando escapar una exclamación.
—¡Hombre! Si se ve la Bolsa. Qué fea aparece desde aquí.