El dinero

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Tanto en España como aquí en Francia, el príncipe había tenido durante veinte años la parte del león en todas las grandes canalladas que se habían hecho legendarias. A pesar de que no sospechaba la miseria y la sangre de donde procedían tantos millones, experimentó por él, desde el primer momento, una repugnancia que ni su religiosidad pudo vencer. Pronto se transformó ésta en un sordo rencor, siempre en aumento, que fue a unirse con la antipatía motivada por no poder tener un hijo de aquel impuesto matrimonio. La maternidad la habría satisfecho porque adoraba a los niños, pero llegó a odiar a aquel hombre que, tras desesperar a la amante, no pudo siquiera contentar a la madre. Fue entonces cuando se vio a la princesa lanzarse a un lujo inaudito, cegando a París con el esplendor de sus fiestas y su tren fastuoso, que, según decían, causaban celos en las Tuileries. Luego, de pronto, al día siguiente de la muerte del príncipe, fulminado por una apoplejía, el hotel de la calle Saint-Lazare cayó en el silencio absoluto de la más oscura noche. No se percibió ya una luz o un ruido, y puertas y ventanas permanecieron cerradas, corriéndose el rumor de que la princesa, después de desamueblar radicalmente la planta baja y el primer piso, se había retirado como una reclusa a tres reducidas habitaciones del segundo piso, con una antigua camarera de su madre, la vieja Sofía, que la había criado.


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