El dinero
El dinero Cuando volvió a aparecer, llevaba un sencillo vestido de lana negra y los cabellos ocultos bajo una cofia de encajes, siempre menuda y rolliza, con su frente estrecha y su lindo rostro redondeado de dientes como perlas, pero con la tez amarillenta y el rostro inexpresivo de la decidida voluntad de una religiosa enclaustrada años atrás. Acababa de cumplir treinta años y desde entonces no había vivido más que para realizar inmensas obras de caridad.
Fue grande la sorpresa de París, y circularon las más extrañas historias. La princesa había heredado toda la fortuna, los famosos trescientos millones, de los que las mismas crónicas de los periódicos se ocupaban. Y la leyenda que acabó por imponerse tuvo un cariz romántico. Se decía que un desconocido vestido de negro se había aparecido a la princesa cierta noche en el momento de acostarse, sin que ella pudiera adivinar jamás por qué puerta secreta podía haber entrado; por otra parte, nadie sabía lo que aquel hombre pudo decirla, pero debió revelarle el origen infamante de los trescientos millones, exigiéndola acaso el juramento de reparar tanta iniquidad, si quería evitar espantosas catástrofes. Seguidamente, el hombre había desaparecido.