El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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Pero se interrumpió. Frente a él, del otro lado de la mesa, estaba Denise, erguida, pálida y seria. El vestido de seda ya no le quedaba ancho, sino que se ceñía a la suave curva de la cintura y moldeaba las líneas puras de los virginales hombros; y aunque el pelo, recogido en gruesas trenzas, seguía indómito, se apreciaba, al menos, un esfuerzo por desbravarlo. La joven, tras haberse quedado dormida sin desnudarse, agotadas ya las lágrimas, se había despertado a eso de las cuatro de la mañana, muy avergonzada por aquel ataque de sensibilidad nerviosa. Y, en el acto, se había puesto a meter el vestido; tras lo cual, se había pasado una hora delante del estrecho espejo, luchando con el peine, aunque sin lograr domeñar el cabello todo lo que hubiera deseado.

—¡Vaya! ¡Gracias a Dios! —murmuró Mouret—. Esta mañana está usted mucho mejor… Si no fuera por esos endiablados mechones…

Se había puesto en pie y se acercó para rectificar el peinado, con la misma confianza con que la señora Aurélie había intentado hacerlo la víspera.

—¡A ver! Recójaselo detrás de la oreja… El moño está demasiado alto.


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