El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas Al día siguiente, cuando Denise no llevaba ni media hora en su puesto, la señora Aurélie le dijo con tono seco:
—Señorita, la llaman de dirección.
La joven encontró a Mouret solo, sentado en el amplio despacho tapizado de reps verde. Acababa de acordarse de «la desgreñada», como decía Bourdoncle, y aunque no solía prestarse al papel de gendarme, se le había ocurrido llamarla para espabilarla un poco si seguía con las mismas trazas de provinciana. La tarde anterior, pese a haberse tomado a broma el que quedase en entredicho, delante de la señora Desforges, la buena presencia de una de sus dependientes, tal circunstancia lo había contrariado mucho en su amor propio. Lo embargaba un sentimiento confuso, mezcla de simpatía e irritación.
—Señorita —empezó a decir—, la hemos admitido por deferencia hacia su tío y, por lo tanto, no debería ponernos en la penosa situación…