El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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VI

Al llegar la temporada baja, pasó una ráfaga de pánico por El Paraíso de las Damas. Llegaba el espanto de los despidos, de los licenciamientos en masa de los que echaba mano la dirección para aligerar de empleados los almacenes, que los calores de julio y agosto vaciaban de clientes.

Todas las mañanas, Mouret, al hacer la ronda con Bourdoncle, se llevaba aparte a los jefes de sección, a los que había animado, durante el invierno, a contratar más dependientes de los precisos, para que la venta no padeciera, alegando que siempre estaban a tiempo de recortar la plantilla. De lo que se trataba ahora era de reducir gastos, poniendo de patitas en la calle a más de la tercera parte de los dependientes, a los débiles, a los que permitían que se los comiesen los fuertes.

—Vamos a ver —decía—; seguro que tiene usted aquí a más de uno que no le vale para nada… No podemos quedarnos con esa gente para que se pase el día mano sobre mano.

Y si el jefe de sección titubeaba, sin saber a qué víctima sacrificar:

—Apáñeselas como quiera. Tiene que salir del paso con seis dependientes. Ya cogerá usted más en octubre. Lo que sobra por las calles son personas sin trabajo.


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