El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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Por lo demás, las ejecuciones corrían a cargo de Bourdoncle. Caían de sus delgados labios unos pavorosos: «¡Pase usted por caja!» que semejaban hachazos. Cualquier pretexto le parecía bueno para echar a la gente. Se inventaba faltas, aprovechaba los más leves descuidos. «Lo he visto sentarse, señor mío. ¡Pase usted por caja! —¿Se atreve a replicarme? ¡Pase usted por caja! —Lleva los zapatos sucios. ¡Pase usted por caja!». Hasta los más valientes temblaban al ver las degollinas que iba dejando a su paso. Y, como aquel sistema no resultaba lo bastante expeditivo, se le había ocurrido una artimaña para echarle la soga al cuello, en pocos días, al número de dependientes condenados de antemano. A las ocho en punto, empezaba a montar guardia, reloj en mano, bajo el dintel de la puerta y, en cuanto pasaban tres minutos, el implacable: «¡Pase usted por caja!» iba segando a los jóvenes que llegaban sin resuello. Trabajo rápido y bien hecho.

—¡Qué cara más desagradable! —llegó a decirle un día a un pobre diablo, cuya nariz torcida le parecía irritante—. ¡Pase usted por caja!





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