El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas Eran casi las cinco; los almacenes iban recuperando cierta animación según refrescaba el aire de la tarde. Denise se dirigió hacia la dirección con paso rápido. Pero al llegar ante la puerta del despacho, volvió a invadirla una desesperada tristeza. Notaba que se le trababa la lengua y volvía a sentir los hombros agobiados bajo el peso de la existencia. Él no la creería y se reiría como los demás. Ese temor la hizo desfallecer. Todo había acabado. Más le valía quedarse sola, desaparecer, morirse. Y, entonces, sin avisar siquiera ni a Deloche ni a Pauline, se encaminó directamente a la caja.
—Tiene usted veintidós días, señorita —dijo el empleado—. Son dieciocho francos con setenta, a los que hay que sumar siete francos de porcentaje y de comisión. ¿Está bien la cuenta?
—Sí, señor… Muchas gracias.