El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas Y ya se iba Denise con el dinero cuando se encontró, por fin, con Robineau. Éste estaba ya al tanto del despido y le prometió localizar a la dueña del taller de corbatas. La consolaba en voz baja, indignado. ¡Qué vida! ¡Estar continuamente a merced de un capricho! ¡Verse en la calle de sopetón, sin poder exigir siquiera el sueldo de todo el mes! Denise subió a avisar a la señora Cabin de que intentaría mandar por su baúl a última hora de la tarde. Daban las cinco cuando se vio en la acera de la plaza de Gaillon, aturdida, entre los carruajes y el gentío.
Esa noche, al regresar Robineau a su casa, se encontró con una carta de la dirección en que se le comunicaba, en cuatro líneas, que por razones de orden interno la casa se veía obligada a prescindir de sus servicios. Llevaba trabajando en ella siete años. Aquella misma tarde había estado charlando con los jefes. Fue como un mazazo. Hutin y Favier cantaban victoria en la seda con la mismo algazara que Marguerite y Clara alardeaban de su triunfo en la confección. ¡Menudo alivio! ¡Qué despejado se queda todo con un buen escobazo! Los únicos que se decían palabras de consternación cuando se cruzaban entre el bullicio de los departamentos eran Deloche y Pauline, que echaban de menos la dulzura y la integridad de Denise.