El ParaÃso de las damas
El ParaÃso de las damas —¡Ay! —decÃa el joven—. ¡Si le fuera bien en otro sitio, me gustarÃa que volviera aquà para pisarles la yugular a todas esas señoritas del pan pringado!
Bourdoncle fue quien tuvo que enfrentarse con la violenta sorpresa de Mouret. Grande fue la irritación de éste al enterarse del despido de Denise. No solÃa ocuparse gran cosa del personal; pero, en aquella ocasión, se tomó el asunto como un menoscabo de su poder, un intento de zafarse de su autoridad. ¿Acaso habÃa dejado de ser el dueño y por eso habÃa quien se permitÃa dar órdenes? Por él tenÃa que pasar todo, todo en absoluto. Y aplastarÃa como una brizna de paja a cualquiera que osara resistÃrsele. Luego, tras investigar personalmente el caso, volvió a indignarse, atormentado por un nerviosismo que no podÃa disimular. La pobre muchacha no habÃa mentido; se trataba, en efecto, de su hermano. Campion lo habÃa reconocido sin lugar a dudas. ¿Qué motivo habÃa para despedirla? Habló incluso de volver a contratarla.
Entre tanto, Bourdoncle se parapetaba en su resistencia pasiva y aguantaba el chaparrón, observando a Mouret. Por fin, un dÃa en que lo vio más tranquilo, se atrevió a decir, con una entonación muy peculiar:
—Es mejor para todos que se haya ido.
Mouret se ruborizó, azorado.