El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas Por unos instantes, Denise se quedó quieta y aturdida en plena acera, bajo el sol, aún abrasador, de las cinco de la tarde. Julio ardía en la calle. La luz color de tiza de cada verano iluminaba París con sus cegadoras reverberaciones. La catástrofe había sido tan repentina, la habían echado con tal rudeza, que no era capaz sino de manosear, en el fondo del bolsillo, los veinticinco francos con setenta, mientras se preguntaba adónde ir y qué hacer.
Una larga fila de coches de punto le impedía alejarse de El Paraíso de las Damas. Cuando pudo por fin aventurarse entre las ruedas, cruzó la plaza de Gaillon como si se dirigiera a la calle de Louis-le-Grand, aunque luego, cambiando de parecer, bajó hacia la de Saint-Roch. Seguía, no obstante, sin un proyecto concreto, pues se detuvo en la esquina de la calle Neuve-des-Petits-Champs, por la que echó a andar finalmente, tras haber lanzado una ojeada indecisa a cuanto la rodeaba. Al pasar por delante del pasaje de Choiseul, se metió en él y fue a dar, sin saber cómo, a la calle de Monsigny, para ir a parar de nuevo a la calle Neuve-Saint-Augustin. La cabeza le zumbaba; se acordó de repente del baúl, al ver a un mozo de cordel. Pero ¿adónde iba a decir que lo llevasen? ¿Y por qué aquella situación angustiosa, cuando una hora antes tenía aún un techo bajo el que pasar la noche?