El ParaÃso de las damas
El ParaÃso de las damas Entonces, alzando los ojos hacia las fachadas de las casas, recorrió con la vista las ventanas. Iban pasando rótulos. Los veÃa confusamente, pues se apoderaban de ella, una y otra vez, las arremetidas de aquel trastorno interior que la hacÃa temblar de pies a cabeza. ¿Cómo era posible? ¡HabÃa bastado un minuto para dejarla sola, extraviada en aquella gran ciudad desconocida, sin apoyo, sin recursos! Pero habÃa que comer y alojarse en algún sitio. Pasaba de una calle a otra: la calle de Les Moulins, la calle de Sainte-Anne. RecorrÃa el barrio entero, volviendo sobre sus pasos, regresando siempre a la única encrucijada que le era familiar. Súbitamente, se detuvo, estupefacta. Estaba otra vez enfrente de El ParaÃso de las Damas. Y para escapar a aquella obsesión, se metió a toda prisa por la calle de la Michodiére.