El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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Por fortuna, Baudu no estaba en la puerta de El Viejo Elbeuf, que parecía muerto tras los oscuros escaparates. Denise nunca hubiese tenido valor para presentarse en casa de su tío, que fingía no conocerla, ni quería sobrellevar a su costa la desgracia que él ya le había anunciado. Pero, al otro lado de la calle, un letrero amarillo la hizo detenerse: «Se alquila cuarto amueblado». Tan pobre le pareció la casa que fue el primer anuncio que no la amedrentó. No tardó, luego, en reconocer las dos plantas achaparradas, la fachada de color óxido, encajada entre El Paraíso de las Damas y el antiguo palacete de Duvillard. En el umbral de la tienda de paraguas, el viejo Bourras, con su melena y su barba de profeta y las antiparras caladas, contemplaba absorto el marfil del puño de un bastón. Tenía arrendado todo el edificio y, para cubrir parte del gasto, alquilaba, amueblados, los cuartos de los dos pisos.

—¿Tiene usted habitación, señor Bourras? —preguntó Denise, dejándose llevar por un impulso instintivo.

El alzó la mirada, torva bajo las enmarañadas cejas, y se quedó muy sorprendido al verla. Le sonaba la cara de todas las dependientes de El Paraíso de las Damas. Y, tras fijarse en el aseado y humilde vestido y la apariencia de mujer decente de Denise, respondió:

—Esto no es para usted.

—¿Cuánto cobra? —insistió Denise.


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