El Paraíso de las damas

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—Quince francos al mes.

Entonces Denise quiso ver la habitación. Entraron en el angosto local y, como él seguía mirándola con cara de sorpresa, le contó que la habían echado y que no quería importunar a su tío. El anciano se resolvió, al fin, a ir a buscar una llave colgada en una tabla de la trastienda, un cuarto lóbrego que le hacía las veces de cocina y dormitorio; al fondo, detrás de unos cristales polvorientos, se divisaba la claridad verdosa de un patio interior de apenas dos metros de ancho.

—Iré delante para que no tropiece —dijo Bourras, al llegar al húmedo callejón que corría paralelo a la tienda.

Tropezó con un escalón y comenzó a subir, avisándola a cada paso: tenga cuidado; el pasamanos está pegado a la pared; en aquel recodo hay un agujero; los inquilinos dejan a veces el cubo de la basura en la escalera. Denise, en aquella cerrada oscuridad, no veía nada; sólo sentía la fría humedad del yeso viejo. No obstante, a la altura del primer piso, un ventanuco que daba al patio le permitió distinguir confusamente, como a través de las aguas quietas de un estanque, la escalera torcida, las paredes negras de mugre, las puertas astilladas y con la pintura saltada.


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