El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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—¡Si al menos tuviera libre uno de estos dos cuartos! —prosiguió Bourras—. Aquí estaría usted bien… Pero los tienen siempre alquilados las mismas señoras.

En el segundo piso entraba más claridad, iluminando con cruda palidez la miseria de la vivienda. Un oficial de panadería vivía en el primer cuarto; estaba libre el otro, el del fondo. Bourras lo abrió y tuvo que quedarse en el descansillo para que Denise pudiera verlo con comodidad. La cama, que estaba junto a la puerta, apenas dejaba espacio suficiente para que pasara una persona. Al fondo, había una cómoda de nogal pequeña, una mesa de pino renegrido y dos sillas. Los inquilinos que se hacían la comida de vez en cuando tenían que arrodillarse delante de la chimenea, donde había un hornillo de barro.

—La verdad es que no es precisamente lujoso —decía el anciano—, pero la ventana resulta alegre, se ve pasar a la gente por la calle.

Y al fijarse en que Denise miraba, sorprendida, el rincón del techo que estaba encima de la cama, en el que una inquilina de paso había escrito su nombre, Ernestine, con la llama de una vela, añadió con tono campechano:

—Si anduviera reparando los desperfectos, no me alcanzaría para nada. Bueno, pues esto es lo que tengo.

—Estaré muy bien aquí —afirmó la joven.


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