El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas En aquellos momentos, la amplia estancia retumbaba de voces. Mouret, que seguía de pie en medio del corro de señoras, había recuperado el talante afable y negaba, jovialmente, que las arruinase vendiéndoles trapos. Se brindaba a demostrarles, con las cifras por delante, que hacía que ahorrasen un treinta por ciento del importe de sus compras. El barón Hartmann lo miraba, y volvía a invadirlo una fraternal admiración de calavera veterano. Estaba visto que había acabado el duelo y Henriette había mordido el polvo. No era ella, con toda seguridad, la mujer que acabaría por llegar. Y le pareció estar viendo de nuevo el discreto perfil de la joven que había entrevisto al cruzar por el recibidor. Allí estaba, paciente, sola, temible en su dulzura.