El Paraíso de las damas

El Paraíso de las damas

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Al día siguiente, en el departamento de confección, Clara Prunaire intentó molestar a Denise. Se había percatado del apocado amor de Colomban y se le ocurrió burlarse de los Baudu. Dijo en voz alta a Marguerite, mientras ésta, en tanto llegaban las clientes, afilaba el lapicero:

—Está empezando a darme pena mi galanteador de ahí enfrente, ya sabe quién le digo, metido en esa tienda tan oscura en la que no entra nunca nadie.

—Pues no es para compadecerlo tanto —repuso Marguerite—; se va a casar con la hija del dueño.

—¡Anda! —siguió diciendo Clara—. Pues entonces tendría gracia quitárselo… ¡Palabra que voy a gastarle esa broma!

Y siguió hablando, satisfecha al notar que estaba soliviantando a Denise. Ésta se lo toleraba todo; pero la ponía fuera de sí pensar en aquella crueldad que asestaría el golpe fatal a su prima Geneviéve, ya agonizante. En ese preciso momento, llegó una cliente; y, como la señora Aurélie acababa de bajar al sótano, tomó el mando del departamento e interpeló a Clara:

—Señorita Prunaire, más le valdría atender a esa señora en vez de andar charlando.

—No charlaba.

—Tenga la bondad de no replicar. Y atienda a la señora ahora mismo.


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