El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas Era una ingente y polícroma secuencia arquitectónica, jubilosa y flamante, que realzaban múltiples dorados, digna anticipación de la algarabía y la brillantez de las transacciones comerciales del interior; la vista quedaba prendida en ella como en una gigantesca presentación de artículos que refulgiera con los colores más vivos. La planta baja, para no matar el efecto de las telas de los escaparates, lucía el decorado adecuadamente sobrio de un zócalo de mármol verde mar; las columnas maestras y los pilares de esquina iban forrados de un mármol negro, cuya severidad aliviaban unas tarjetas doradas; y el resto eran lunas en marcos de acero, sólo lunas, que parecían abrir paso a la claridad de la calle hasta lo más recóndito de galerías y patios. Pero, a medida que se alzaban los pisos, iba encendiéndose la llama de los tonos deslumbrantes. En el friso de la entreplanta, se desplegaba hasta el infinito, ciñendo al coloso, una faja de mosaicos, una guirnalda de flores rojas y azules, que alternaba con placas de mármol en las que estaban grabados los nombres de mercancías diversas. Más arriba, el zócalo del primer piso, de ladrillo vidriado, servía de soporte a nuevas lunas, amplias cristaleras que subían hasta el friso, compuesto de escudos dorados con las armas de las ciudades de Francia, y de motivos de terracota, en cuyo vidriado se repetían los tonos claros del zócalo. Por fin, de la parte más alta brotaba la cornisa, como si fuera la ardiente floración de toda la fachada: los mosaicos y los azulejos volvían a aparecer en ella, con tonos más cálidos; el dorado cinc de los canalones se adornaba con calados; y, en el frontón, se alineaba una pléyade de estatuas que representaban las ciudades con industrias y manufacturas destacadas, cuyas esbeltas siluetas se recortaban bajo el claro sol. Lo que más maravillados tenía a los curiosos era la puerta central, tan alta como un arco de triunfo y decorada también con profusión de mosaicos, azulejos y terracotas. La remataba un grupo alegórico que relumbraba, recién dorado: una bandada de risueños Amorcillos engalanaba y cubría de besos a la Mujer.