El Paraíso de las damas
El Paraíso de las damas A eso de las dos, un piquete de orden tuvo que despejar la aglomeración y organizar el estacionamiento de los carruajes. Al fin estaba concluido el palacio, el templo dedicado al culto de los locos despilfarros de la moda. Dominaba el barrio, extendía sobre él su sombra. Tan bien había cicatrizado la llaga que dejó en su costado el derribo de la casucha de Bourras que habría sido inútil buscar el emplazamiento de aquella antigua verruga. Las cuatro fachadas enfilaban las cuatro calles, soberbiamente aisladas, sin que se viera en ellas un solo fallo. En la acera de enfrente, El Viejo Elbeuf ya no abría desde que Baudu había ingresado en una casa de retiro; la tienda parecía apresada dentro de una tumba, tras los postigos que ya nunca quitaba nadie; poco a poco, los iban ensuciando las salpicaduras de los coches; y los carteles, la marea creciente de la publicidad, los asfixiaba, adhiriéndolos entre sí, como una última paletada de tierra arrojada sobre el desaparecido establecimiento. En el centro de aquella fachada muerta, que habían manchado los escupitajos de la calle y cubierto la abigarrada capa de harapos del barullo parisino, destacaba, como una bandera enhiesta en lo más alto de un imperio conquistado, un gigantesco cartel amarillo, recién impreso, que anunciaba con letras de dos pies de alto la gran venta de El Paraíso de las Damas. Era como si, tras las sucesivas ampliaciones, el coloso, avergonzándose del renegrido barrio en el que había visto humildemente la luz, para degollarlo más tarde, sintiese repugnancia por él y hubiera decidido, al fin, darle la espalda, relegando a la parte trasera el barro de las estrechas calles y brindando el rostro de nuevo rico a la arteria bullanguera y soleada del París moderno. Ahora era más fornido, como podía apreciarse en el grabado que ilustraba los carteles, a semejanza de un ogro de cuento cuyos hombros amenazasen con horadar las nubes del cielo. Veíase, en el primer plano de dicho grabado, la calle de Le-Dix-Décembre y las de la Michodiére y de Monsigny, abarrotadas de negras figurillas y estirándose de forma desmesurada como para dar cabida a la clientela del mundo entero. Venían luego los edificios propiamente dichos, exageradísimos, vistos a vuelo de pájaro; los cuerpos de techumbres que remataban las galerías cubiertas; las cristaleras bajo las que se intuían los patios; todo un lago infinito de vidrio y cinc resplandeciendo al sol. Más allá, se extendía París, pero un París empequeñecido, que el monstruo engullía: las casas, modestas como chozas en sus proximidades, se dispersaban luego formando un confuso polvillo de chimeneas. Los monumentos parecían desvanecerse: dos trazos, a la izquierda, para Notre-Dame; un acento circunflejo a la derecha para los Inválidos; al fondo, el Panteón, perdido y vergonzante, más diminuto que una lenteja. El horizonte era una nube polvorienta, nada más que un marco insignificante que abarcaba hasta las alturas de Chátillon, hasta el campo abierto cuya postergación dejaban intuir aquellas difuminadas lejanías.