El sueño
El sueño En su plenitud, la luna iluminaba el Clos-Marie. Cuando alcanzaba el cénit, bajo la luz blanca que caía en vertical, los árboles ya no proyectaban sombras, semejantes a fuentes de mudas claridades. Todo el campo quedaba bañado por ella y una onda luminosa, de una limpieza cristalina, lo llenaba; el resplandor era por ello tan penetrante que se distinguía en él hasta el fino recorte de las hojas de sauce. El menor temblor del aire parecía arrugar aquel lago de rayos, dormido en su paz soberana, entre los grandes olmos de los jardines vecinos y la cima gigante de la catedral.