El sueño
El sueño Transcurrieron otras dos noches, y la tercera, al ir al balcón, Angélique sintió un golpe violento en el corazón. Allí, en la viva claridad, le vio, de pie, vuelto hacia ella. Su sombra, como la de los árboles, se había retirado bajo sus pies y había desaparecido. Ahora ya sólo estaba él, muy bien iluminado. A aquella distancia le veía como en pleno día. Tenía unos veinte años y era rubio, alto y delgado. Se parecía a san Jorge, a un Jesús soberbio, con sus cabellos rizados, su barba fina, su nariz recta, algo pronunciada, sus ojos negros, de una dulzura altanera. Le reconoció perfectamente: nunca le había visto de otra manera, era él, era tal como ella lo esperaba. El prodigio terminaba al fin, la lenta creación de lo invisible desembocaba en aquella aparición viviente. Él salía de lo desconocido, del estremecimiento de las cosas, de las voces susurrantes, de los juegos movedizos de la noche, de todo lo que la había rodeado hasta hacerla desfallecer. Así le veía ella, a dos pies del suelo, en lo sobrenatural de su llegada, mientras el milagro la envolvía por todas partes, flotando sobre el lago misterioso de la luna. Él llevaba como escolta al pueblo entero de la Leyenda, los santos cuyos bastones florecían, las santas de cuyas heridas manaba leche. Y el vuelo blanco de las vírgenes hacía palidecer a las estrellas.