El sueño

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Capítulo V

Era todo un acontecimiento cuando, cada tres meses, Hubertine hacía la colada. Contrataban los servicios de una mujer, la tía Gabet; por esta razón, durante cuatro días, los bordados quedaban olvidados; y la misma Angélique participaba activamente y convertía en una distracción las operaciones de enjabonado y aclarado en las límpidas aguas del Chevrotte. Después de sacarla de la ceniza, se acarreaba la ropa por la puertecita de comunicación. En el Clos-Marie, se vivían las jornadas al aire libre, a pleno sol.[109]

—¡Madre, esta vez lavo yo! ¡Me divierte tanto!

Y, sacudida por la risa, las mangas subidas por encima de los codos, blandiendo la paleta, Angélique golpeaba de buena gana, y realizaba con alegría y salud aquella dura tarea que la salpicaba de espuma.

—¡Esto me endurece los brazos! ¡Me sienta bien, madre!




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