El sueño
El sueño El Chevrotte cortaba el campo en diagonal, primero adormecido y luego muy rápido, lanzado a grandes borbotones por una pendiente pedregosa. Salía del jardín del Obispado por una especie de compuerta que habían dejado en la parte inferior de la muralla; desaparecía en el otro extremo, en la esquina de la mansión de los Voincourt, bajo un arco abovedado, y se hundía en el suelo para reaparecer doscientos metros más lejos y correr a lo largo de la calle Baja hasta el Ligneul en el que desembocaba. De manera que había que estar muy atento a la ropa, porque de nada servía correr: pieza que se soltaba, pieza que se perdía.
—¡Madre, espere, espere!… Voy a poner esta gran piedra encima de las toallas. ¡Ya veremos si se las lleva, el ladrón!