El sueño
El sueño Pero, para aquella colada, el día del aclarado Angélique se quedó sola. La tía Gabet, que sufría una crisis aguda de ciática, no había acudido; y otras ocupaciones del hogar retenían a Hubertine en casa. Arrodillada en su caja llena de paja, la muchacha cogía las prendas de una en una y las agitaba un buen rato, hasta que el agua ya no se enturbiaba y quedaba límpida como el cristal. No se daba ninguna prisa; desde por la mañana, sentía una curiosidad inquieta, después de llevarse la sorpresa de encontrar allí a un viejo obrero con guardapolvo gris que ponía en pie un andamio ligero ante la ventana de la capilla Hautecoeur. ¿Iban a arreglar la vidriera? Realmente lo necesitaba: faltaban vidrios en el san Jorge; otros, rotos con el paso de los siglos, habían sido sustituidos por simples cristales. Sin embargo, aquello la irritaba. Estaba tan acostumbrada a las lagunas del santo que atravesaba al dragón, y a las de la hija del rey que se lo llevaba atado con su cinturón, que ya lloraba por ellos, como si hubieran tenido el propósito de mutilarlos. Era un sacrilegio querer cambiar cosas tan antiguas. De repente, cuando volvió de almorzar, su cólera desapareció: había un segundo obrero en el andamio, éste, joven, vestido también con un guardapolvo gris. Y lo había reconocido: era él.