El sueño
El sueño Alegremente, sin apuros, Angélique volvió a ocupar su sitio, de rodillas sobre la paja de su cajón. Luego, con sus muñecas desnudas, empezó de nuevo a agitar la ropa en el fondo del agua clara. Era él, alto, delgado, rubio, con su barba fina y sus cabellos rizados de dios joven, de piel tan blanca como le había visto bajo la claridad de la luna. Puesto que se trataba de él, la vidriera ya no tenía nada que temer: si él la tocaba, la embellecería. Y no sentía ninguna desilusión por encontrarle vestido con aquel guardapolvo, porque fuese un obrero como ella, un pintor de vidrieras sin duda. Por el contrario, esto le hacía sonreír, porque tenía la absoluta certeza de su sueño de fortuna regia. No había en ello más que apariencia. ¿Para qué saber? Una mañana, él sería quien tenía que ser. Una lluvia de oro caía del techo de la catedral, una marcha triunfal resonaba en el fragor lejano de los órganos. Ni siquiera se preguntaba qué camino tomaba para ir hasta allí, lo mismo de noche que de día. A no ser que viviera en una de las casas vecinas, sólo podía pasar por la calleja de los Guerdaches, que corría a lo largo del muro del Obispado hasta la calle Magloire.