El sueño

El sueño

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Transcurrió entonces una hora encantada. Se inclinaba, aclaraba su colada, tocando casi el agua fresca con el rostro; pero, con cada nueva prenda levantaba la cabeza y echaba un vistazo en el que, con la emoción de su corazón, despuntaba una pizca de malicia. En el andamio, él parecía muy ocupado comprobando el estado de la vidriera, y la miraba de reojo, molesto en cuanto ella le sorprendía así, vuelto hacia ella. Tenía la piel tan blanca que resultaba asombroso cuán rápido se sonrojaba, la tez bruscamente ruborizada. A la menor emoción, cólera o ternura, toda la sangre de sus venas le subía al rostro. Tenía ojos batalladores y era tan tímido, cuando notaba que ella lo observaba, que se convertía en un niño pequeño que no sabe qué hacer con sus manos, balbuceando órdenes a su anciano compañero. A ella, lo que le alegraba al contacto con aquella agua cuya turbulencia le refrescaba los brazos era adivinarlo inocente como ella, ignorante de todo, con la pasión golosa de morder la vida. No se necesita decir en voz alta lo que existe, ya lo hacen mensajeros invisibles y lo repiten bocas mudas. Ella levantaba la cabeza, le sorprendía volviendo la suya y los minutos pasaban; aquello era delicioso.





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