El sueño
El sueño De repente, le vio saltar del andamio y después apartarse caminando de espaldas, a través de las hierbas, como para alejarse con el fin de ver mejor. Faltó poco para que Angélique estallara en una carcajada, pues estaba claro que lo único que quería era acercarse a ella. En su salto, había puesto la decisión firme del hombre que lo arriesga todo y ahora lo gracioso y conmovedor era que seguía plantado a unos pasos de ella, dándole la espalda, sin osar volverse, en el mortal aprieto de su acción demasiado impulsiva. Por un instante creyó que volvería a ir hacia la vidriera, de la misma forma que había venido, sin una mirada hacia atrás. Sin embargo, él tomó una decisión desesperada y se giró; como en ese preciso momento ella levantaba la cabeza, con su risa maliciosa, sus miradas se encontraron y permanecieron fijas una en la otra. Esto provocó en los dos una gran confusión; perdían la compostura y no habrían salido nunca de aquella situación de no haberse producido entonces un dramático incidente.
—¡Dios mío! —gritó ella, desconsolada.
En su emoción, la blusa de bombasí[110] que estaba aclarando con una mano inconsciente se le acababa de escapar y el rápido arroyo se la llevaba; un momento más y desaparecería por la esquina del muro de los Voincourt, bajo el arco abovedado por el que se precipitaba el Chevrotte.