El sueño
El sueño Después del almuerzo, cuando volvió a echar un vistazo, Angélique fue presa de desesperación: toda la colada amenazaba con echar a volar, pues las ráfagas de viento eran cada vez más violentas, en el cielo azul, de una viva limpidez, como depurada por aquellos grandes soplos; ya se había escapado una sábana y unas toallas habían ido a parar a las ramas de un sauce. Recuperó las toallas. Pero, detrás de ella, ya se le iban unos pañuelos. ¡Y encima, nadie! Se volvía loca. Cuando quiso extender la sábana, tuvo que forcejear, porque la aturdía y la envolvía con un chasquido de bandera.
Entonces oyó una voz en el viento que le decía:
—Señorita, ¿quiere que le ayude?
Era él, e inmediatamente ella le gritó, sin pensar en nada más que en su preocupación de ama de casa:
—Pues claro, ¡ayúdeme!… ¡Coja la punta, ahí! ¡Sujete fuerte!
La sábana que estiraban con sus brazos robustos batía como una vela. La posaron sobre la hierba y colocaron en las cuatro esquinas piedras más grandes. Ahora que la sábana se hundía, domada, ni él ni ella se levantaban, sino que seguían arrodillados en los dos extremos, separados por aquella gran prenda de una blancura cegadora.
Finalmente, ella sonrió, pero sin malicia, con una sonrisa de agradecimiento. Él se envalentonó:
—Yo me llamo Félicien.