El sueño

El sueño

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Los dos se precipitaron. Ella detuvo un cuello en la orilla del Chevrotte. Él ya sujetaba dos camisolines recuperados de entre las altas ortigas. Los puños fueron reconquistados de uno en uno. Entre tanto, en sus carreras a toda velocidad, ella le había rozado tres veces con los pliegues levantados de su falda; y, cada vez, él había sentido una sacudida en el corazón, el rostro repentinamente ruborizado. Él, a su vez, la tocó levemente al dar un salto para recuperar la última pañoleta que se le escapaba. Ella se había quedado de pie, inmóvil, sin aliento. El azoramiento ahogaba su risa, ya no bromeaba, ni se burlaba de aquel muchachote inocente y torpe. ¿Qué le ocurría, que ya no se sentía alegre y desfallecía así, bajo aquella deliciosa angustia? Cuando él le tendió la pañoleta, sus manos se tocaron casualmente. Se estremecieron y se contemplaron, azorados. Ella había retrocedido rápidamente, él permaneció unos segundos sin saber qué decisión tomar en aquella extraordinaria catástrofe que le sobrevenía. Después, enloquecida, echó a correr de repente, huyó, los brazos llenos de prendas pequeñas, abandonando el resto.

Entonces, Félicien quiso hablar:

—Por favor… Se lo ruego…


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