El sueño
El sueño Él no albergaba ninguna duda. Parecía creerla firmemente. ¿No era todo sencillo? ¿No estaba todo en orden? Una joven princesa no lo hubiera conquistado con tanta rapidez entre las magnificencias de su corte. Ella tenía, entre toda aquella ropa blanca, sobre la verde hierba, un aspecto encantador, feliz y soberano, que le llegaba al corazón con un abrazo cada vez más fuerte. Ya estaba decidido: no había nadie más que ella, la seguiría hasta el final de su vida. Ella seguía caminando, con su pasito rápido, volviendo a veces la cabeza con una sonrisa; y él todavía iba detrás, sofocado por aquel sentimiento de felicidad, sin esperanza alguna de alcanzarla nunca.
Pero sopló una borrasca y se levantó un vuelo de prendas menudas, cuellos y puños de percal[111], toquillas y camisolines[112] de batista, que se abatió a lo lejos, como una bandada de pájaros blancos arrastrados en la tormenta.
Angélique echó a correr.
—¡Ay! ¡Dios mío! ¡Venga! ¡Ayúdeme, hombre!