El sueño
El sueño
Enloquecida, se había detenido. Por un instante, erguida, le miró. Su cólera, el odio que creía sentir, desaparecían y se fundían en un sentimiento de deliciosa angustia. ¿Qué había dicho él para que se quedara trastornada de aquella manera? La amaba, ella lo sabía, y ahora la palabra murmurada a su oído la confundía de sorpresa y de temor. Él, envalentonado, el corazón abierto, próximo al de ella por la caridad cómplice, repitió:
—La amo.
Y ella, temerosa del amante, reemprendió la huida. El Chevrotte ya no la detuvo; entró en él como las ciervas perseguidas y en él corrieron sus piececitos blancos, entre las piedras, bajo el escalofrío del agua helada. La puerta del jardín volvió a cerrarse y los piececitos desaparecieron.