El sueño

El sueño

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Tiennette arrancaba las medias de las manos de Rose y de Jeanne, que las codiciaban. No despegó los labios.

Pero en aquel momento Angélique se dio cuenta de que tenía los pies desnudos y de que Félicien los veía. La vergüenza se apoderó de ella. Ya no se atrevía a moverse, segura de que, si se levantaba, él los vería aún mejor. Se alarmó, perdió la cabeza y echó a correr. Sus piececitos corrían, blanquísimos, sobre la hierba. Se había hecho aún más de noche, el Clos-Marie se convertía en un lago de sombra, entre los grandes árboles vecinos y la masa negra de la catedral. Y sólo quedaba, a ras de las tinieblas del suelo, la huida de los piececitos blancos, del blanco satinado de las palomas.

Asustada, temerosa del agua, Angélique siguió el Chevrotte, para llegar a la tabla que servía de puente. Pero Félicien había atajado a través de la maleza. Tan tímido hasta entonces, se puso más colorado que ella al ver sus pies blancos; y una llama le empujaba, habría deseado gritar la pasión que le había poseído todo entero, desde el primer día, en el desbordamiento de su juventud. Después, cuando ella le rozó, sólo pudo balbucear la confesión que ardía en sus labios:

—La amo.


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