El sueño

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Por otra parte, Angélique había prometido no volver a ver nunca más a Félicien. Ya no se arriesgaba a salir entre los hierbajos del Clos-Marie y ni siquiera visitaba a sus pobres. Tenía miedo de que ocurriera algo horrible el día en que volvieran a encontrarse cara a cara. En su resolución había, además, una idea de penitencia, para castigarse por el pecado que podía haber cometido. Y así es como en las mañanas de rigidez se condenaba a no dirigir ni una sola mirada por la ventana, temerosa de divisar, a la orilla del Chevrotte, a aquél a quien temía. Y si, vencida por la tentación, miraba y veía que no estaba allí, se ponía muy triste hasta la mañana siguiente.

Una mañana, Hubert estaba repasando el dibujo de una dalmática[114], cuando una llamada a la puerta le hizo bajar. Debía de tratarse de un cliente, algún encargo sin duda, porque Hubertine y Angélique oían un murmullo de voces por la puerta de la escalera, que había quedado abierta. Después levantaron la cabeza, muy sorprendidas: se oían subir unos pasos, el bordador traía al cliente, cosa que no ocurría nunca. Y la joven se quedó pasmada al reconocer a Félicien. Vestía con sencillez, como los artesanos de blancas manos. Puesto que ella ya no iba hacia él, él venía a ella, después de días y días de vana espera y de angustiosa incertidumbre, que había pasado repitiéndose que ella no le amaba.


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