El sueño
El sueño —¡Mira!, hija mía, esto te interesa —explicó Hubert—. Este señor viene a encargarnos un trabajo excepcional. Y, ¡a fe mía!, para hablar de ello tranquilamente, he preferido recibirle aquí… Es a mi hija, señor, a quien tiene que enseñarle su dibujo.
Ni él ni Hubertine albergaban la menor sospecha. Se acercaron sólo por curiosidad, para ver. Pero Félicien estaba, como Angélique, embargado por la emoción. Cuando desenrolló el dibujo, sus manos temblaban; y tuvo que hablar lentamente para ocultar la turbación de su voz.
—Es una mitra para monseñor… Sí, son unas damas de la ciudad, que quieren hacerle este regalo, quienes me han encargado que dibuje las piezas y supervise su ejecución. Soy pintor de vidrieras, pero también me ocupo a menudo de arte antiguo… Ya ve que no he hecho nada más que reconstruir una mitra gótica…
Angélique, inclinada sobre la gran hoja que ponía ante ella, profirió una breve exclamación:
—¡Oh! ¡Santa Inés!