El sueño
El sueño —¿Para la procesión del Milagro? —murmuró al fin Angélique, los ojos puestos en el dibujo—. Pero si es dentro de veinte dÃas; de ninguna manera tendremos tiempo de hacerlo.
Los Hubert movieron la cabeza. En efecto, un trabajo asà exigÃa un cuidado infinito. Sin embargo, Hubertine se volvió hacia la joven.
—Yo podrÃa ayudarte. Me encargarÃa de los adornos y tú sólo tendrÃas que hacer la figura.
En su turbación, Angélique seguÃa examinando la santa. ¡No, no! Se negaba, se defendÃa de la dulzura de aceptar. EstarÃa muy mal ser cómplice; porque seguramente Félicien mentÃa, se daba perfecta cuenta de que no era pobre, de que se ocultaba bajo aquellas ropas de obrero; y toda aquella sencillez fingida, toda aquella historia para llegar hasta ella la ponÃan en guardia, divertida y feliz en el fondo al transfigurarlo, viendo el prÃncipe real que debÃa ser, con la absoluta certeza en que vivÃa de que su sueño se realizarÃa por completo.
—No —repitió a media voz—, no tendrÃamos tiempo.
Y sin levantar los ojos, prosiguió, como si hablara consigo misma:
—Para la santa, no podemos emplear ni el bordado al pasado ni el guipur. SerÃa indigno… Hace falta un bordado de oro anudado[115].