El sueño
El sueño Pero al mirar fijamente a la santa, Angélique acababa de hacer un descubrimiento que inundó de alegría su corazón. Inés se parecía a ella. Al dibujar la antigua estatua, Félicien pensaba sin duda en ella; y la idea de que ella seguía estando presente, de que la seguía viendo por todas partes, mitigó su resolución de alejarlo de ella. Finalmente, levantó la frente y le vio tembloroso, los ojos humedecidos por una súplica tan ardiente, que se sintió derrotada. Sólo por esa malicia, esa ciencia natural que poseen las muchachas, incluso cuando lo ignoran todo, no quiso dar la impresión de que consentía.
—Es imposible —repitió, devolviendo el dibujo—. No lo haría por nadie.
Félicien hizo un gesto de auténtica desesperación. Era a él a quien ella rechazaba, creía comprenderlo. Cuando ya se marchaba, aún le dijo a Hubert:
—En cuanto al dinero, todo lo que usted hubiese pedido… Esas damas pagarían hasta dos mil francos…
Era verdad que el matrimonio no estaba interesado. Pero esa suma tan importante les impresionó. El marido había mirado a la mujer. ¡No era un fastidio dejar escapar un encargo tan ventajoso!
—Dos mil francos —repitió Angélique con su voz dulce—, dos mil francos, señor…