El sueño
El sueño Félicien dejó el dibujo y se retiró, con el corazón afligido, sin encontrar el valor suficiente para dar otras explicaciones que le permitieran retrasarse un poco más. Seguro que ella no le amaba, había simulado no reconocerle y tratarle como a un cliente ordinario del que sólo interesa el dinero que aporta. Primero, se enfureció y la acusó de tener un alma mezquina. ¡Mejor! Todo había terminado; ya no pensaría más en ella. Después, como seguía pensando en ella, acabó por disculparla: ¿acaso no vivía de su trabajo?, ¿no tenía que ganarse el pan? Dos días más tarde, se sintió muy desgraciado, volvió a merodear, enfermo de no verla. Ella ya no salía, ni siquiera se asomaba a las ventanas. Y él llegaba a decirse que, si ella no le amaba, si sólo amaba el beneficio, él, en cambio, la amaba cada día más, como se ama el amor a los veinte años, sin razón alguna, al azar del corazón, por el gozo y el dolor de amar. La había visto una noche y ya estaba: era ella y no otra; como quiera que fuese mala o buena, fea o hermosa, pobre o rica, se moriría si no la conseguía. Al tercer día, su sufrimiento fue tal que, a pesar de su promesa de olvidarla, volvió a casa de los Hubert.
Abajo cuando llamó, le recibió una vez más el bordador, que ante lo confuso de sus explicaciones, se decidió a hacerle subir otra vez.
—Hija mía, el señor quiere explicarte algo que no entiendo muy bien.