El sueño
El sueño Entonces, Félicien balbuceo:
—Si no le molesta demasiado a la señorita, me gustaría echar un vistazo… Esas damas me han recomendado que siga el trabajo en persona… A menos que moleste…
Al verle aparecer, Angélique sintió que su corazón latía violentamente, hasta en su garganta, y que la ahogaba. Pero lo calmó con un esfuerzo: la sangre ni siquiera le subió a las mejillas y contesto muy tranquila, aparentando indiferencia:
—¡Oh! Nada me molesta, señor. Trabajo igual delante de la gente… El dibujo es suyo. Es natural que siga su ejecución.
Desconcertado, Félicien no habría osado sentarse, sin la acogida de Hubertine, que sonreía con gravedad a aquel buen cliente. Angélique volvió inmediatamente al trabajo, inclinada sobre el bastidor en el que bordaba en guipur los adornos góticos del reverso de la mitra. Por su parte, Hubert acababa de descolgar de la pared un pendón terminado y encolado[116], que se estaba secando desde hacía dos días y que quería destensar. Nadie volvió a hablar; las dos bordadoras y el bordador trabajaban, como si allí no hubiera nadie más.