El sueño
El sueño El joven se tranquilizó un poco, en medio de aquella paz solemne. Dieron las tres. La sombra de la catedral empezaba ya a alargarse y una media luz tenue entraba por la ventana abierta de par en par Era la hora crepuscular, que empezaba ya al mediodía, para la casita fresca y verdeante situada al pie del coloso. Se oyó un ruido ligero de zapatos sobre las losas, un internado de muchachas que llevaban a confesión. En el taller, los viejos utensilios, las viejas paredes, todo lo que permanecía allí inmutable parecía dormir el sueño de los siglos; y también se desprendía una gran frescura y tranquilidad. Un gran cuadrado de luz blanca, uniforme y pura, caía sobre el bastidor, sobre el que se inclinaban las bordadoras, con sus delicados perfiles, en el reflejo rojizo del oro.
—Señorita, quería decirle —empezó Félicien, molesto, sintiendo que tenía que justificar su visita—, quería decirle que para los cabellos el oro me parece preferible a la seda.
Ella había levantado la cabeza. La risa de sus ojos significaba claramente que habría podido evitarse la molestia si no tenía ninguna otra recomendación que hacer. Se inclinó de nuevo, contestando con una voz suavemente burlona:
—Sin duda, señor.