El sueño

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Pero Félicien había descubierto una manera de apasionarla de la que abusaba. Se trataba de hablarle de su arte, de las antiguas obras maestras en bordado que había visto conservadas en los tesoros de las catedrales o grabadas en los libros: capas soberbias, la capa de Carlomagno, de seda roja, con grandes águilas con las alas desplegadas; la capa de Sión, decorada con todo un pueblo de figuras santas; una dalmática que pasa por ser la más hermosa pieza conocida, la dalmática imperial, donde se celebra la gloria de Jesucristo en la tierra y en el cielo, la Transfiguración, el Juicio Final, cuyos numerosos personajes están bordados con sedas matizadas de oro y plata; un árbol de Jesé también, un orifrés de seda sobre raso, que parece extraído de una vidriera del siglo XV, con Abraham abajo, David, Salomón, la Virgen María, y arriba Jesús; y casullas admirables, como una casulla de una grandísima simplicidad, con Cristo en la cruz, sangrando, salpicado de seda roja sobre el paño de oro, con la Virgen a sus pies, sostenida por san Juan; la casulla de Naintré, por último, en la que se ve a María, sentada en majestad, los pies calzados, con el Niño desnudo en las rodillas.[118] Esas y otras maravillas desfilaban, venerables por su antigüedad, con una fe y una ingenuidad en la riqueza perdidas en nuestros días, conservando de los tabernáculos el olor a incienso y el místico fulgor del oro pálido.


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