El sueño

El sueño

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Se marchó, feliz por la autorización, desolado por aquella frialdad. Ella no le quería, no le querría nunca, estaba claro. Entonces, ¿para qué? Y al día siguiente, y los días sucesivos, volvió a la casa fresca de la calle de los Orfebres. Las horas que no pasaba allí eran abominables, devastadas por su combate interior, torturadas por la incertidumbre. Sólo se tranquilizaba cuando estaba cerca de la bordadora, resignado incluso a no gustarle, consolado de todo, siempre que ella estuviera allí. Cada mañana llegaba, hablaba del trabajo, se sentaba ante el bastidor, como si su presencia fuera necesaria; y le encantaba volver a encontrar su fino perfil inmóvil, bañado por la rubia claridad de sus cabellos, seguir el juego ágil de sus manitas flexibles desenvolviéndose en medio de las largas hebras. Ella era muy sencilla y ahora le trataba como a un compañero. Sin embargo, seguía notando que había entre ellos cosas que ella no decía y por las que su corazón se angustiaba. Ella levantaba a veces la cabeza, con su aspecto burlón, los ojos impacientes e inquisidores. Luego, al ver que él se azoraba, volvía a su frialdad.





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