El sueño
El sueño Aquel día, Félicien no supo hacer otra cosa que mirar cómo Angélique bordaba los bucles con puntos hendidos, en el sentido de su enrollamiento; y no se cansaba de ver los cabellos crecer y llamear bajo su aguja. Su espesura y el gran temblor con que se desenrollaban de golpe lo turbaban. Hubertine, que cosía unas lentejuelas, ocultando el hilo de cada una de ellas con un grano de cañutillo, se volvía de tanto en tanto y lo envolvía con su mirada tranquila cuando tenía que echar al cartón de los desperdicios alguna lentejuela defectuosa. Hubert, que había retirado las traviesas para descoser el pendón de los enjulios, terminaba de plegarlo cuidadosamente. Y Félicien, cuyo silencio aumentaba la tensión, comprendió al fin que debía tener la prudencia de marcharse, puesto que no recordaba ninguna de las observaciones que se había prometido hacer.
Se levantó, balbuceando:
—Volveré… He reproducido tan mal el encantador dibujo de la cabeza que quizá necesite usted de mis indicaciones.
Angélique detuvo tranquilamente sus grandes ojos claros sobre los suyos.
—No, no… Pero vuelva, señor, vuelva si le preocupa la realización.