El sueño
El sueño —¡Ah! —dijo bruscamente Hubert, que empezaba a destensar el pendón, devanando en sus dedos el hilo de hacer los nudos—, antes la obra maestra de una bordadora era de oro anudado… Tenía que hacer, como establecen los estatutos, «una imagen sola de oro anudado, de medio tercio de altura…». Te habrían admitido, Angélique.
Volvió a hacerse el silencio. Para los cabellos, haciendo una excepción a la regla, Angélique había tenido la misma idea que Félicien, la de no emplear nada de seda y de recubrir el oro con oro. Manejaba diez hebras de oro, con tonos diferentes, desde el oro rojo oscuro de las hogueras que se apagan hasta el oro amarillo pálido de los bosques otoñales. Inés estaba vestida así, desde el cuello hasta los tobillos, con un río de cabellos de oro. La ola partía de la nuca, cubría las caderas con un espeso manto, desbordaba por delante, por encima de los hombros, en dos ondas que, retiñidas bajo la barbilla, fluían hasta los pies. Una cabellera de milagro, un vellón fabuloso, de bucles enormes, un vestido tibio y vivo, perfumado por la pura desnudez.