El sueño
El sueño Hubertine, que no se había movido, sonreía, tranquila. Al principio, había sentido preocupación por la asiduidad del joven, y se lo había comentado una noche a Hubert al acostarse. Pero aquel muchacho no les disgustaba, sino que les parecía muy decente: ¿por qué se habrían opuesto a unos encuentros de los que podría surgir la felicidad de Angélique? Entonces, dejó que las cosas siguieran su curso, que ella vigilaba con prudencia. Además, ella misma, desde hacía unas semanas, vivía con el corazón oprimido a causa del vano cariño de su marido. Era el mes en que habían perdido a su hijo; y cada año, en esa fecha, volvían a sufrir las mismas penas, los mismos anhelos, él, temblando a sus pies, deseoso de creerse por fin perdonado, y ella, amante y desconsolada, entregándose por entero, desesperada de no poder torcer el destino. No hablaban de ello, no intercambiaban por ello ni un beso más ante el mundo; pero aquel amor redoblado salía del silencio de su habitación, se desprendía de su misma persona, con el gesto más ínfimo, en la manera en que sus miradas se cruzaban y se olvidaban por un instante una en la otra.
Transcurrió una semana. El trabajo de la mitra avanzaba. Aquellos encuentros cotidianos habían adquirido una gran dulzura familiar.
—La frente muy alta, ¿verdad?, y sin rastro de cejas.