El sueño

El sueño

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—Sí, muy alta, y sin una sombra, como en las miniaturas antiguas.

—Páseme la seda blanca.

—Espere, voy a deshilarla.

Él la ayudaba; era un sosiego aquella labor entre dos. Aquello los situaba en la realidad de cada día. Sin que se pronunciara una sola palabra de amor, sin que ni siquiera un roce voluntario acercase sus dedos, el lazo se estrechaba más cada hora que pasaba.

—Padre, ¿qué haces? Ya no se te oye.

Se giraba y veía al bordador, con las manos ocupadas en cargar una broca, con la mirada tierna fija en su mujer.

—Le doy oro a tu madre.

Y de la broca que le llevaba, del agradecimiento mudo de Hubertine, de las continuas atenciones de Hubert en torno a ella, se desprendía un tibio soplo acariciante que envolvía a Angélique y a Félicien, inclinados de nuevo sobre el bastidor. El mismo taller, la antigua habitación con sus viejas herramientas y su paz de otra época, era cómplice. Parecía tan alejado de la calle, retirado en el fondo del sueño, en el país de almas buenas en que reina el prodigio, la fácil realización de todos los goces.


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