El sueño

El sueño

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Había que entregar la mitra cinco días más tarde. Angélique, segura de que acabaría e incluso de ganar veinticuatro horas, respiró y se sorprendió de ver a Félicien tan cerca de ella, acodado en el caballete. ¿Eran pues compañeros? Ya no se protegía frente a lo que sentía de conquistador en él, ya no sonreía maliciosamente; ante todo lo que él ocultaba y ella adivinaba. ¿Qué era lo que la había tenido adormecida en su inquieta espera? Y volvió la eterna pregunta, la pregunta que se hacía cada noche al acostarse: ¿amaba a aquel muchacho? Durante horas, en el fondo de su espaciosa cama le había dado vueltas a las palabras, buscando significados que se le escapaban. Bruscamente, aquella noche, sintió que se le partía el corazón y prorrumpió en llanto, la cabeza hundida en la almohada para que no la oyeran. Ella lo amaba, lo amaba hasta morir. ¿Por qué? ¿Cómo? No lo sabía ni lo sabría nunca; pero lo amaba, todo su ser lo gritaba. Se había hecho la claridad, el amor estallaba como la luz del sol. Lloró durante un largo rato, llena de una confusión y una felicidad inefables, lamentando de nuevo no haberse confiado a Hubertine. Su secreto la ahogaba y se hizo una gran promesa, la de volver a comportarse con Félicien como si fuera de hielo, la de sufrir todo antes que dejarle ver el cariño que sentía por él. Amarle, amarle sin decirlo, era el castigo, la prueba que debía redimir la falta. Sufría deliciosamente con esto, pensaba en las mártires de la Leyenda, le parecía que era su hermana, al flagelarse de aquella manera, y que su guardiana, Inés, la miraba con ojos tristes y dulces.


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