El sueño
El sueño Al día siguiente, Angélique terminó la mitra. Había bordado con sedas partidas[120], más ligeras que los hilos de la Virgen, las manitas y los piececitos, los únicos rincones de blanca desnudez que sobresalían de la regia cabellera dorada. Acababa la cara, de una delicadeza de azucena, en la que el oro representaba la sangre de las venas, bajo la epidermis de las sedas. Y aquel rostro de sol subía en el horizonte de la llanura azul, transportado por los dos ángeles.
Cuando Félicien entró, lanzó un grito de admiración:
—¡Oh! ¡Se parece a usted!
Era una confesión involuntaria, el reconocimiento del parecido que él había puesto en su dibujo. Se dio cuenta y se puso muy colorado.
—Es verdad, hijita, tiene tus hermosos ojos —dijo Hubert, que se había acercado.
Hubertine se contentó con sonreír, ya que hacía mucho tiempo que se había dado cuenta; y pareció sorprendida, triste incluso, cuando oyó a Angélique contestar, con la antigua voz de los días malos:
—¡Mis hermosos ojos! ¡Reíos de mí!… Soy fea, me conozco bien.
Luego, levantándose, sacudiéndose, exagerando su papel de hija interesada y fría: