El sueño

El sueño

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Fue necesario que Hubertine la hiciera callar con severidad. Rogó a Félicien que perdonara a aquella niña nerviosa y le dijo que a la mañana siguiente, temprano, la mitra estaría a su disposición. Era una manera de despedirlo, pero él no se iba. Miraba el viejo taller, lleno de sombra y de paz, como si le hubieran expulsado del paraíso. ¡Había vivido allí la ilusión de horas tan dulces, sentía con tanto dolor que su corazón se quedaba allí, como si se lo hubiera arrancado! Lo que le torturaba era no poder explicarse, llevarse consigo la horrible incertidumbre. Finalmente, tuvo que marcharse.

Apenas cerrada la puerta, Hubert preguntó:

—¿Qué te ocurre, hija mía? ¿Estás enferma?

—No, es ese muchacho, que me aburría. No quiero volver a verle.

Y entonces Hubertine concluyó:

—Está bien, no volverás a verle. Pero eso no te impide ser amable.

Angélique, alegando un pretexto, apenas tuvo tiempo de subir a su habitación. Allí rompió a llorar. ¡Ah! ¡Qué feliz era y cómo sufría! ¡Qué triste se debía haber marchado su pobre y querido amor! Pero se lo había prometido a las santas, le amaría hasta la muerte sin que él lo supiera nunca.


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