El sueño
El sueño Aquella misma noche, en cuanto se levantó de la mesa, Angélique se quejó de un gran malestar y subió a su habitación. Sus emociones de la mañana, sus combates contra sí misma, la habían aniquilado. Se acostó inmediatamente y estalló de nuevo en lágrimas, la cabeza hundida bajo la sábana, con la necesidad desesperada de desaparecer, de no existir.
Las horas pasaron, se hizo de noche, una ardiente noche de julio, cuya pesada paz entraba por la ventana, que habían dejado abierta de par en par. En el cielo negro lucía un hormigueo de estrellas. Debían de ser casi las once, la luna no iba a salir hasta la medianoche aproximadamente, en su último cuarto, ya adelgazada.
Y en la habitación sombría, Angélique seguía llorando, con un mar de lágrimas inagotable, cuando un crujido en su puerta le hizo levantar la cabeza.
Se produjo el silencio; luego, una voz la llamó con ternura:
—Angélique… Angélique… Querida mía…
Había reconocido la voz de Hubertine. Sin ninguna duda, ésta, al acostarse con su marido, había oído el ruido lejano de su llanto; inquieta, medio desnuda, subía a ver.
—Angélique, ¿estás enferma?
