El sueño
El sueño Entonces, fue Angélique quien se puso a escuchar, sentada en medio de la cama. El silencio era tan absoluto que distinguía la presión ligera de los talones al borde de cada peldaño. Abajo, se abrió la puerta de la habitación y se volvió a cerrar; luego, captó un murmullo que apenas se distinguía, un cuchicheo afectuoso y triste, sin duda lo que sus padres decían de ella, sus temores, sus deseos; y aquello no paraba, aunque debían de estar acostados, después de apagar la luz. Nunca los ruidos nocturnos de la vieja vivienda habían llegado hasta ella de aquella manera. Habitualmente, dormía con un sueño profundo de juventud y no oía ni siquiera el crujido de los viejos muebles; mientras que, en el insomnio de la pasión contra la que luchaba, le parecía que la casa entera amaba y se lamentaba. ¿Acaso los Hubert no ahogaban también sus lágrimas, toda la ternura enloquecida y desconsolada de ser estériles? Ella no sabía nada, tenía sólo la sensación, en la noche cálida, debajo de ella, de aquella vigilia de los dos esposos, un gran amor, una gran pena, el largo y casto abrazo de las nupcias siempre jóvenes.